Hoy Sergi San José y yo hablamos del vendedor blandengue.

Sí, ese. El del cafelito eterno.

¿Sabes de quién te hablo, verdad?

De ese comercial que cae bien, simpático, buena gente, que te hace sentir importante… pero que después de cinco reuniones, tres cafés y un par de newsletters todavía no ha pedido la venta.

Ese que, cuando llega la hora de sacar el contrato, le empiezan a temblar las piernas.
El que confunde relación con resultado, y el que siempre sale de las reuniones diciendo:
—“¡Le ha encantado lo que le he contado!”
Y tú piensas:
—»Perfecto, otro que no te va a comprar en la vida.»

Hay una verdad incómoda (sí, incómoda, como debe ser)

Vender es avanzar hacia una decisión.

No es presentar.
No es agradar.
No es entretener.
Es guiar, incomodar (con elegancia) y cerrar.

Porque si tú no marcas el paso, lo marcará el cliente. Y normalmente lo marcará… hacia la puerta de salida.

Si tienes a alguien en tu equipo que vive en la zona de confort del “ya te diré algo”, igual es momento de revisar procesos, creencias… o sillas.

Y si el blandengue eres tú… pues eso, ya sabes lo que toca.

PD: A veces el no, es el mejor regalo.

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